domingo, 29 de junio de 2014

rodeada de belleza

Ella era una joven hermosa, de tes blanca, grandes ojos cafés y su largo cabello,
tan brillante y lustroso como ninguno, su estatura y su complexión se ajustaban perfectamente
a la medida de su ropa, no había algo que pudiera faltar en ella.
Todos aquellos que le conocían terminaban enamorándose de ella, lamentable o afortunadamente,
ya que ella no tenía deseos de pasar el rato con alguien especial, simplemente quería regresar de donde
había llegado... Una chica insegura de si misma a pesar de las cualidades ya mencionadas, un cierto
titubeo en su voz, una mirada un tanto tímida, y esos labios temblorosos al hablar que la delataban
de cualquier situación en la que ella se viese asfixiada por el tumulto de gente que la miraba.
sin ninguna creencia espiritual, algún deseo o meta especifico, ella creía estar perdida en el lugar
en el que se le había puesto en este mundo, que sin embargo, posee ciertas virtudes, como lo es
la música, el arte, todo lo que ella más amaba era rodearse de esa belleza, sentir su creatividad fluir,
una mente libre y sin ataduras a nada ni nadie, era su deseo más anhelado; más sin embargo nunca
había sido dueña de aquella vaga sensación, no como cuando lo sintió por primera vez en aquel lugar,
el único lugar en el que deseaba estar sin importar que, se había enamorado de sus calles,
de las bellas luces en cada fachada de la ciudad, aquel frío clima que le congelaba las manos
hasta el punto de poder visualizar su aliento en el aire evaporándose como aire, como si todo fuese un sueño,
que así parecía realmente para ella, ahora que solo tenía cada mañana la misma taza de café,
recorría el mismo camino de su casa a la escuela y de regreso, sin mostrar interés por alguna clase,
por alguna amistad o incluso por su vida misma, no ahora que ya no tenía nada de lo que había conocido
en ese lugar. Todo lo que era había cambiado, antes de que se marchara a conocer su felicidad,
antes de que bebiera el éxtasis de la libertad y esa sensación de desesperación. Aquel sorbo de felicidad
la llevo al abismo, a un agujero del que no podría salir, no hasta regresar a la brillante ciudad,
a la ciudad de la felicidad; Ahora solo podía ver en sus ojos ese brillo blanquecino que tiene la nieve,
aquella nieve que sintió cuando se perdía en las bentizcas de la gran ciudad, su color y la belleza,
la belleza que ella ya poseía sin darse cuenta, la belleza de la que se quería rodear sin importar cual
fuese su precio. Siempre con ese mismo semblante en la cara, como si algo en ella hubiese muerto por dentro.

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